Los videojuegos en nuestros menores

¿Qué ventaja tiene eliminar el veto a los juegos con altas clasificaciones?

Está claro que los niños deben ser niños y vivir sus etapas paso a paso, pero llega un punto en el que los padres debemos soltar amarras y dejarles explorar aquello que se sale del guion.

Los videojuegos son un potente catalizador para aprender conceptos «no canónicos» y enriquecer así el acervo cultural de nuestros menores. Aunque nos cueste creerlo, exponer a nuestros hijos a títulos de altas clasificaciones les reporta beneficios como la ampliación del vocabulario, la mejora de habilidades motrices, la absorción de cultura general (aunque sea de forma superficial), la pérdida de miedo a la realidad, la interpretación de mapas y la concienciación sobre el medioambiente, entre muchos otros factores.

Pongo la mano en el fuego y no me quemo al decir que mi hijo puede haber aprendido más de ciencia gracias a juegos como Fallout que en tres años de asignatura de Conocimiento del Medio. Y no porque Fallout sea fiel a la realidad (que casi lo es), sino porque al ver un ciervo de dos cabezas su cerebro empieza a hacerse preguntas; ve el agua radiactiva y quiere saber si eso podría pasar de verdad. Los padres no debemos quedarnos ahí: cuando estas cuestiones afloran, debemos cultivar esas semillas y aportar una dosis de realidad con libros y atlas que respondan a sus dudas de la manera más precisa posible para su edad.

¿Qué precauciones debemos tomar?

Imagino que todos estaréis pensando en los estereotipos de estos juegos: sangre, muertes, escenas explícitas, disparos… Y yo os pregunto: ¿acaso en la vida real no ocurren estas cosas? Quizás parezca que pretendo deshumanizar a los pequeños, pero actualmente les aportamos un grado de protección tan elevado que terminan llorando por un raspón en la rodilla porque ven tres gotas de sangre. Mi padre siempre me decía: “¿Se te salen las tripas? ¿No? Pues calla”.

Sin darnos cuenta, los niños están expuestos a esto diariamente. A ver si os pensáis que cuando dejáis al crío con las abuelas, ellas no ponen Telecinco mientras se habla de drogas, sexo, infidelidades y celos.

Para acercar este contenido a los hijos de forma segura, hay dos reglas de oro:

  1. Sentido común en la elección: Yo catalogo los juegos en tres grupos. Primero, los que no aportan nada (como GTA IV, un juegazo, pero para adultos, donde el bucle es solo delinquir). Segundo, los meramente ociosos que sirven para pasar un buen rato en familia, como Mortal Kombat. Sí, tiene sangre, pero una tarde de merienda y «fatalities» en familia crea una competitividad sana que no tiene nada que envidiar al aburrido tenis de la Wii. El niño no saldrá de casa queriendo arrancarle el corazón a nadie, os lo aseguro. Por último, están los juegos +17 que son aptos con supervisión, como Diablo IV. Al final, es una clase de religión pero divertida y con mejores gráficos: la luz contra la oscuridad. Entre hachazo y hachazo, el niño aprende estadística, cartografía, gestión de recursos y análisis de patrones.

  2. Supervisión absoluta: Nada de esto vale si el menor juega solo. Debemos estar a su lado, preferiblemente en modo cooperativo. Así, además de compartir tiempo de calidad, podemos filtrar y explicar lo que ocurre en pantalla.


Nota final: Este artículo no se basa en datos científicos ni en estudios de universidades prestigiosas; se basa en mi experiencia personal. Solo sé que la generación de Doom y Duke Nukem creció con una piel mucho más curtida y una mente más despierta que la generación de Fortnite, Roblox o Stumble Guys. Esos juegos, que por alguna extraña razón se aceptan como «infantiles», son los que realmente me asustan: los que fomentan los micropagos, el looting (ludopatía pura) y la exposición descontrolada a desconocidos.

Molécula
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