Stardew Valley es, sin duda, uno de los mejores juegos de la última década. De eso no cabe duda. Pero tras jugarlo cientos de horas e incluso exprimirlo con mods y mecánicas de terceros, llegué a esa sensación agridulce: este maravilloso mundo ya me había dado todo lo que podía ofrecerme.
Sin embargo, mi idilio con el pixel art cenital es innegociable. Supongo que crecer con Pokémon en la GameBoy me dejó marcado, y por eso siempre acabo buscando juegos con esa estética tan específica. Así fue como llegué a Travellers Rest.
Debo ser sincero: al principio es más complejo y tedioso que Stardew Valley. Mi primera hora fue desastrosa; terminé aburrido y cerrando el juego. Entre el que quería una cerveza, el que pedía un té rojo y el de la mesa gritando por un zumo de plátano, me sentí como atrapado en un juego gratuito de Android. Era puro estrés. Y sí, por si no lo has deducido, el juego trata sobre gestionar tu propia cadena de suministros para, con lo que recolectes, fabricar alimentos y bebidas para tus clientes.
Pero decidí darle una segunda oportunidad y, tras una breve inversión de tiempo, la magia ocurrió. El usuario acaba domando la jugabilidad. A medida que consigues habilidades y optimizas las dinámicas, ese caos se convierte en un flujo relajante. Me convenció tanto que terminé comprando una segunda licencia en Steam para poder jugar con mi hijo en modo cooperativo.
¿El único contratiempo? Como pasa con casi cualquier título hoy en día, no podrás disfrutar de la experiencia completa si no tienes tiempo suficiente para el farmeo y el desbloqueo de habilidades. Pero, si dispones de un rato (largo) al día, la gestión de taberna con un toque medieval podrá alegrarte el día.

